domingo, 6 de julio de 2014

¡En marcha!

Breve parte de guerra


Hoy hace 7 semanas de mi lesión de rodilla y creo que puedo decir que ya estoy recuperada. Ha sido una etapa de calma y de trabajar con la cabeza. Las primeras dos semanas, como casi no podía ni andar, fueron de descanso total. La tercera semana introduje la bici, haciendo todos los días una hora de bicicleta estática y, los fines de semana, un par de horas de bici de montaña. A la cuarta semana intenté correr, pero me quedaba coja a los 3 ó 4 kilómetros. Entonces decidí cambiar las zapatillas. Llevo plantillas a medida para corregir la pronación y las uso con zapatillas neutras, pero, revisando la suela de las zapatillas, ví que aún había huellas de pisada pronadora, así que, después de leer algunos artículos, decidí comprar unas zapatillas con control de pronación adicional. Me decidí por las Mizuno Wave Inspire. Además, empecé a usar también la cinta rotuliana que guardaba después de mi anterior lesión. Esta vez me la colocaba orientada hacia el exterior de la rodilla, aguantando el ligamento colateral, que era el que molestaba. Con esto, la mejora fue espectacular día a día. Primero pude correr 6 km, después 8, 10, 12 y 14. En 14 empezó a doler fuerte otra vez y bajé el kilometraje unos días. Hasta que finalmente esta semana ya he conseguido hacer las primeras series y correr 120 minutos. Algo de molestia existe, para qué nos vamos a engañar, pero me permite entrenar normalmente.

Estos 50 días me han dejado con un lastre de 1 kg de más y un ritmo lamentable, pero espero poder volver a la normalidad durante el verano. Vuelvo a entrenar con muchas ganas, aunque de competir aún son bien pocas. Así y todo, he empezado a consultar los calendarios de carreras y hay un par de retos que me llaman la atención. El primero es un maratón de montaña en septiembre y el segundo un ultra de 73 km en noviembre. Son objetivos bastante exigentes y aún no sé si podré alcanzarlos, así que ya decidiré más adelante si me inscribo o no. De momento, ya estoy siguiendo un plan de entrenamiento para largas distancias. En él se incluyen días de caminatas por la montaña y ayer, para inaugurarlo, decidimos ir con la familia de excursión.

¡De excursión!


No habíamos estado nunca en el Congost de Montrebei, un lugar espectacular situado a poco más de una hora de Tàrrega. Se trata de un desfiladero situado entre Aragón y Catalunya en el que el río Noguera-Ribagorzana ha creado a lo largo de millones de años unos acantilados verdaderamente impresionantes de hasta 500 metros de altura. Es, además, el único cañón intacto de Catalunya, sin infraestruturas de transporte ni líneas eléctricas, que sólo se puede recorrer a pie o en barca.

Desde la localidad de El Puente de Montañana, nos dirigimos por una pequeña carretera hasta La Masieta, lugar de inicio del recorrido y en el que se ha habilitado un aparcamiento. Allí nos colgamos nuestras mochilas, cargadas con los bocadillos de la comida y mucha agua, pues ya nos han avisado de que no hay fuentes en el camino, y empezamos a andar.


El embalse de Canelles, que cierra el paso al río al final del desfiladero, está lleno, así que encontramos mucha agua hasta los mismos márgenes del camino. El camino antiguo, que pasa por una cota inferior al que seguiremos, está ahora inundado. Al fondo, vemos ya el estrecho desfiladero por el que nos vamos a aventurar.


El paso por el primer puente colgante para superar uno de los brazos del río es precioso.


Y enseguida nos adentramos en el estrecho camino. Hay cables de acero sujetos en la roca a modo de asidero.


En algunos puntos el desfiladero se estrecha hasta alcanzar 20 ó 25 metros de anchura.


Hay algunas zonas con bancos de madera en las que se puede descansar y tomar fotografías.


El vértigo no está contemplado en esta excursión.


Seguimos adelante y, al cabo de 5 kilómetros, ya vemos que las paredes se empiezan a abrir.


Y llegamos al segundo puente. Este cimbrea más que el primero.


El camino se complica un poco.


Pero lo que nos queda por ver es también muy impresionante.



Aquí tampoco está permitido el vértigo.


Después de unas tres horas de camino, hacemos una parada técnica para comer en la cima del acantilado y volvemos sobre nuestros pasos. Pero antes hay que darse un chapuzón.


La cueva de La Colomera está en nuestro camino. Actualmente se están haciendo excavaciones en ella para hacer estudios de cambio climático. Llegar hasta arriba requiere un poco de esfuerzo, pero la imagen es espectacular.


Han sido más de 6 horas y unos 14 kilómetros de camino por un lugar maravilloso, absolutamente impresionante, que recomiendo a todos aquellos que algún día estéis por la zona. No es apto para personas con vértigo, aunque, con calma y cuidado, se puede hacer perfectamente con niños mayores.

Y, felices como perdices, seguiremos disfrutando del resto del verano.

¡Hasta pronto!

martes, 27 de mayo de 2014

Y colorín, colorado...

Pues eso, que el cuento se ha acabado.

Lo supe al instante en el kilómetro 23, pero continué corriendo hasta la línea de meta, ni más ni menos que en el kilómetro 42. Mientras la rodilla aguantara, el superar el dolor sólo dependía de la cabeza y esa la tengo bastante entrenada. Después de esperar un par de días a que desaparecieran los daños colaterales debidos al maratón, el miércoles ya se empezó a perfilar el alcance de la lesión.

Anteayer fui al fisio y me mandó a casa sin tratamiento. Me dijo que era una meniscopatía, que tenía que reposar durante dos semanas y entonces veríamos. Sin embargo, el escaso minuto en el que llegó a su diagnóstico y la ayuda del Sr. Google me hacen sospechar que pueda ser algún otro tipo de lesión, a cada cual más preocupante. Al médico no voy a ir, sé lo que me va a decir y sólo sería una medida de distracción para pasar el tiempo que necesita el cuerpo para arreglarse por sí solo.

Así que ahí ando preparándome psicológicamente para la invernada, que este año caerá en verano. Este pasado año he hecho bastante el animal, así que sólo queda agachar la cabeza y recoger los pedazos del cántaro. De momento he probado a hacer bicicleta y puedo hacerlo, así que intentaré mantener la forma pedaleando.

Espero volver pronto. ¡Adiós!

domingo, 18 de mayo de 2014

Marató de les Vies Verdes Val de Zafán (18 de mayo de 2014): el décimo

Aún recuerdo cómo me enfadaba con Jordi cuando veía las condiciones en las que llegaba a casa después de correr un maratón. Le decía que no me quería quedar viuda tan joven, que hiciera el favor de no hacer esas barbaridades. No era capaz de verle por ningún lado la gracia a maltratar el cuerpo de esa manera. Entonces yo no corría. Y ahora ¡cómo han cambiado las cosas! 
Hoy he acabado mi maratón número 10. Me inscribí hace bastantes meses, cuando por casualidad ví una referencia a esa carrera a través de un comentario de un amigo en Facebook. Y es que cuando la ví, pensé que podría ser una carrera preciosa. Se trataba de la primera edición del Maratón de las Vías Verdes Val de Zafán, con salida en Horta de Sant Joan y llegada a Tortosa, siguiendo el trazado de la antigua vía del tren, cerrado desde 1973 y hoy convertido en camino para ciclistas y paseantes. El recorrido combina un 90% de asfalto y un 10% de tierra, y atraviesa un total de 38 túneles, algunos de más de 500 metros de longitud. El circuito se inicia en el Parque Natural dels Ports a una altitud de 436 metros y el perfil es en bajada hasta aproximadamente el kilómetro 25. A partir de ese punto y hasta la meta, discurre en paralelo al río Ebro, y es casi llano. La distancia de 42,195 km, según nos ha informado la organización, está medida con rueda. Todo pinta perfecto.

Estación de ferrocarril, vía verde. Fuente: http://www.esgambi.com.
Así que el sábado por la tarde nos desplazamos hasta Tortosa. Nos llevamos sólo a Ainhoa, ya que Aleix decidió quedarse con sus abuelos para poder estudiar, pues la semana que viene la tiene llena de exámenes. Jordi y yo habíamos reservado una habitación en el hotel que sugería la organización, el Corona, mientras que la niña se iba a quedar en Amposta, en casa de su padrino. Así que recogemos el dorsal y la bolsa del corredor, cenamos pronto a base de pizza y a dormir. A las 5:30 de la mañana suena el despertador. Eso es lo peor de participar en carreras: los madrugones. A las 6 ya estamos desayunando: sólo un zumo de naranja y una tostada con mantequilla y mermelada. A las 7 nos plantamos en el lugar donde nos recogerán los autobuses que ha preparado la organización para llevarnos hasta Horta de Sant Joan. No somos muchos, unos 200 en el maratón y otros 200 en el medio maratón que se celebra conjuntamente. Personalmente, me gustan mucho las carreras poco masificadas. A las 8 ya estamos en la antigua estación del ferrocarril de Horta de Sant Joan. Desde donde nos deja el autobús, hay que caminar 1300 metros por la vía verde hasta el punto de salida. En este trayecto, nos toca pasar uno de los túneles como los que nos encontraremos durante la carrera. No está iluminado, el camino tiene bastante polvo depositado y hay corriente de aire. Da un poco de canguelo, la verdad.

Túneles. Fuente: organización.

A las 9 en punto se da la salida. La vía está asfaltada, pero no tiene más de 2 metros de ancho en esa zona, así que me sitúo bastante adelante para no tener que zigzaguear. La salida, en bajada, es muy rápida. Me pongo enseguida a 4:30 min/km sin demasiada sensación de esfuerzo. La mayoría de esos primeros kilómetros los hago entre 4:30 y 4:40 min/km. Pienso que todo ese tiempo que gane me va a servir en la segunda parte de la carrera. Enseguida empiezan los túneles. El primero me asusta un poco, ya que corro sin gafas ni lentillas, lo que no me afecta en condiciones de luz, pero cuando hay oscuridad no veo casi nada a más de dos metros. Así que es un un ejercicio de fe seguir al corredor de delante, levantar bien los pies del suelo y confiar en que no pase nada. El ritmo, por supuesto, se resiente bastante. Pero detrás del primero viene el segundo, y el tercero. Y es que son 38 túneles en 42 kilómetros. Del techo de algunos de ellos cuelgan algunas luces, pero muchos están sin iluminar. La organización recomendó el uso de frontal, pero no ví el mail hasta el mismo sábado por la tarde. De hecho, pocos corredores lo llevan. Hay un par de túneles de los que ya hemos recibido aviso. No tienen luz y son muy largos. La organización ha puesto en el suelo barras químicas de luz de emergencia, como guía. En ese punto ya estoy corriendo sola y las sensaciones son muy fuertes: una oscuridad absoluta y una hilera de barritas fosforescentes que te van guiando. En mi interior pienso que estoy viviendo una experiencia única y que tengo que disfrutarla, así se me va el miedo a pegarme un tortazo. El paisaje es espectacular, rodeados de montañas, barrancos, cursos de agua...; es un sitio ideal. En el kilómetro 7.7 y como ya nos han avisado, nos hacen salir de la vía verde por un estrecho sendero que comienza en una bajada resbaladiza y llena de piedras. Serán 900 metros. Es como un tramo de carrera de montaña y enseguida pienso en Jordi, que siempre corre sobre asfalto y va en el grupo de delante con el sub-3 h en mente.

Segunda parte. Fuente: organización
Sufriendo. Foto: Ximo Barberà

Los kilómetros avanzan, y vamos encontrando los avituallamientos. Yo bebo agua en todos, ya que, aunque el cielo está bastante tapado, nos sopla de cara viento del sur y la humedad es muy alta, así que la sensación de sed es muy grande. Nos encontramos a muchos ciclistas que aprovechan el domingo para hacer una salida, y nos animan muchísimo. También nos anima la gente que se concentra en las antiguas estaciones, alguna de ellas convertida en restaurante. Llega el medio maratón y paso la alfombra de cronometraje en 1 h 39 min. Estoy contenta pero, al cabo de unos pocos kilómetros, creo que mi carrera se ha acabado. Noto un pinchazo muy doloroso en la parte externa de la rodilla derecha y una especie de agarrotamiento. Voy coja e intento compensar el dolor con la otra pierna, hasta que veo que se me pasa un poco y sigo corriendo. Esto se volvería a repetir dos veces, aunque parar para prevenir una posible lesión no está en mis planes, pues no tengo prevista ninguna carrera más hasta septiembre. La segunda parte de la carrera es mucho más dura. Discurre en paralelo al río y a la carretera, y hay tramos con rectas larguísimas. También hay algún repechón que, en mi caso, tengo que subir andando. Empiezo a encontrar corredores andando. Yo tengo que hacer un gran esfuerzo para encontar el ritmo y continuar adelante. Además, los últimos kilómetros son sobre pista de tierra junto al canal, lo que a estas alturas impide aún más mantener un buen ritmo.
Cruzando el último puente (Tortosa)

Llegada a meta

Ya se ve Tortosa. Cuando estoy entrando en la ciudad me encuentro con J.R., un compañero del club que es de allí y que ha venido a buscarme corriendo con su hija Marisín, que va en bicicleta. Se ponen los dos detrás mío y me animan muchísimo. Les he de agradecer que me hicieran encontrar energía cuando pensaba que ya no quedaba nada. Además, me dan indicaciones sobre por dónde he de pasar en el lioso recorrido del tramo urbano de la carrera que me hace dudar en algunos momentos. Llegamos al puente sobre el río Ebro y allí nos separamos con un último grito de ánimo. Sólo queda atravesar el puente y ya estaré en la meta. Oigo la megafonía, que anuncia mi llegada. Mis amigos de Tortosa y Amposta están allí esperándome, junto con Jordi y Ainhoa, todos gritando como posesos. Es tan emocionante que se me saltan las lágrimas. Entro en meta en 3 h 34 min 01 s. Es lo máximo que he podido hacer hoy, pero estoy muy contenta. Además, he sido la segunda mujer. A Jordi le están dando un masaje, ya que a las horas que llega él no hay cola. También está muy contento, pues, a pesar de la dureza del recorrido, ha hecho 2 h 58 min, siendo el 6º de la general y el 3º de su categoría.
Zona de meta.

En definitiva, es un maratón muy recomendable y perfectamente organizado. No tengo absolutamente ninguna queja sobre él. El trabajo de los voluntarios (más de 80 personas) es excelente. El obsequio (una sudadera con capucha) es chulísimo y el avituallamiento a la llegada, con bebidas, fruta, gominolas, frutos secos y un plato de pasta o bocadillo de longaniza, muy correcto. Ahora bien, tengo que prevenir a los que, como casi todos nosotros, pensábamos que era un maratón fácil y apto para hacer marca. No es así, ya que lo que se puede llegar a ganar en los primeros kilómetros de bajada se pierde con creces en la segunda parte.Sí que es, sin embargo, un maratón ideal para disfrutar de un entorno bellísimo y una experiencia personal diferente.

Entrega de premios
Yo, ahora, estoy casi sin poder andar, poniéndome hielo en la rodilla, tomando ibuprofeno y con una rodillera de neopreno, esperando que pasen un par de días y pueda analizar si la cosa es grave.

¡Ya os contaré!

domingo, 20 de abril de 2014

Semana Santa en Auvernia

Y por fin llegaron las vacaciones de Semana Santa. En estas fechas, siempre aprovechamos unos días para viajar con nuestros hijos. Esta vez, como el año pasado, nuestro destino fue Francia. Es un país que nos encanta, pues tiene multitud de paisajes que visitar y actividades para realizar, y todo está muy bien cuidado. Además, es un destino fácil para desplazarse en coche desde nuestra ciudad. Siempre solemos buscar un sitio con actividades interesantes para los niños que a la vez cumplan con las expectativas de los mayores, así que este año nuestro objetivo fue visitar el Parque Natural de los volcanes de Auvernia.

Así que con el coche cargado de ilusión (y sin olvidar los dos pares de zapatillas) nos pusimos en marcha hacia la ciudad de Clermont-Ferrand. En realidad íbamos a una "pequeña aldea gala" llamada Tournebise (algo así como una pedanía del municipio de Saint-Perre-Le-Chastel), pero no nos salía en el GPS, ni el uno ni el otro, así que decidimos ir tirando y ya preguntaríamos al llegar a la región. Después de una parada técnica tras atravesar la frontera, nos dirigimos hacia el norte, donde esperábamos parar para visitar la megaestructura del que fue el puente atirantado para vehículos más alto del mundo hasta 2012: el viaducto de Millau.
Aleix, Ainhoa, Arantza y Jordi al Viaduc de Millau.
Al cabo de unas horas de viaje nos acercamos a Clermont-Ferrand y nos empieza a preocupar que no va a ser fácil llegar a nuestro destino (que sólo sabemos de manera orientativa dónde está). Paramos en diferentes sitios para preguntar y nadie ha oído hablar de ese lugar. Nos lo tomamos a risa. Por las pistas que vamos dando, nos van orientando hacia pequeños pueblos de la zona hasta que, a la entrada de uno de ellos, vemos un mapa y, por fin, encontramos el municipio de St Pierre.
Por fin lo encontramos.
El paisaje es espléndido. La campiña verdísima, bosques, muchísimas vacas y, a nuestro alrededor, los conos volcánicos, presididos por la espectacular mole del Puy de Dôme. Ya me imagino lo que vamos a disfrutar de nuestros entrenamientos, ya que esos no hacen vacaciones.

Llegamos a nuestro alojamiento, una casita de madera en medio del campo que parece salida del cuento de Heidi. ¡Y es que hasta hay dos cabritas blancas!

Volca'lodges de Tournebise.

Lionel y Ainhoa con Blanquita.
Pero, eso sí, equipada con todas las comodidades. Nos quedamos boquiabiertos cuando vemos el jacuzzi exterior...
Jordi en el jacuzzi.
Dejo a Jordi y a los niños en la casa y, sin deshacer las maletas, me pongo la ropa de correr y las zapatillas y me voy a dar una vuelta. ¿Qué mejor que reconocer la zona corriendo? Ordenadamente, para no perderme, voy siguiendo diferentes caminos, pero todos van a dar a campos de hierba, algunos con vacas, otros no. Me alejo un poco más y veo un camino que acaba en una barrera de madera. La rodeo y veo un sendero que se adentra en el bosque. Lo sigo hasta que, al cabo de un rato, ya he pasado dos desvíos, me he torcido el tobillo dos veces y una rama casi me saca un ojo, así que decido volver por donde he venido, no sea que empecemos mal las vacaciones. Con todo, ya he completado el entrenamiento del día.

Uno de los motivos de visitar la región era Vulcania, un parque temático sobre volcanes. Queríamos dedicarle dos días, para poder disfrutar no sólo de la parte de atracciones, sino de las exposiciones científicas. Sin embargo, un día completo e intenso de 10 h a 18 h nos llega para poder verlo todo.
Exterior de Vulcania. Al fondo, el Puy de Dôme.

El meteorito de Tamentit, de más de media tonelada.

Bajando al cráter. Entrada a Vulcania.

Jordi y yo nos turnamos a la hora de entrenar. Ya hemos conseguido un buen mapa y esta vez él descubre un circuito circular por asfalto de unos 12 km, que atraviesa la pequeña ciudad de Pontgibaud. El perfil es de fuertes subidas y bajadas. Estamos a más de 800 m de altura y, con 12ºC, la temperatura es buena para correr.

La región es ideal para hacer excursiones. Una de ellas es subir al Puy de Dôme, de 1465 m de altura. Será la primera vez que Ainhoa sube una montaña. Nos hemos decidido a hacerlo ya que está muy fuerte desde que el pasado mes de septiembre entró a formar parte del equipo benjamín de balonmano de Tàrrega.

Comienzo de la excursión al Puy de Dôme.
Cadena de volcanes.
Llegando a la cima.
Cima del Puy de Dôme.
Y ya de vuelta después de unos días de vacaciones, estoy contenta porque no he descuidado el entrenamiento para el maratón del próximo 18 de mayo. Hoy, ya en casa, he realizado la última salida larga de 30 km en 2 h 40 min, todos ellos bajo la lluvia.

¡Qué bien que se siente uno cuando lleva los deberes al día!

¡Hasta pronto!








sábado, 5 de abril de 2014

Viaje a la Antártida

Hoy no os voy a hablar de correr. Sin carreras y en pleno plan de entrenamiento para maratón, he pensado en hacer un pequeño paréntesis en el contenido del blog. Volviendo hacia atrás en el tiempo, he encontrado recuerdos sobre un lugar remoto: la Antártida. Hace bastante años, cuando aún era estudiante de Doctorado, tuve la oportunidad de viajar a la Antártida en el marco de un proyecto científico orientado al estudio del campo geomagnético. Fueron dos meses y medio en la Base Antártica Española de la Isla Livingston, durante el verano antártico.

Debido a su lejanía, era como si la Antártida no perteneciera al mundo real. De hechola existencia de esa "Tierra del Sur" no fue confirmada hasta hace menos de 200 años, cuando expediciones inglesas y rusas comenzaron a explorar las regiones por debajo del Círculo Polar Antártico. Fue el capitán Cook fue el primero en atravesar el paralelo 66º en 1753, sin embargo, nadie había visto nunca la Antártida hasta que el capitán de navío británico Wiliam Smith tocó tierra en ella en 1819. Existe, sin embargo, la sospecha de que un barco español, el San Telmo, desviado de su ruta por fortísimos temporales típicos de aquellas latitudes, pudo llegar a la Antártida algunos meses antesSé que voy a ir a esa tierra desconocida, donde sólo el viaje mismo ya representa una aventura, de esas que sólo había podido imaginar en los libros. 

Canal de Beagle
Hoy en día, llegar a la Antártida cuenta con todos los avances de la técnica. Hay Bases que cuentan con un aeropuerto y, en el caso de la americana Amundsen-Scott, tiene varios vuelos diarios a la Base McMurdo (también estadounidense) durante el verano antártico. A pesar de todo, es un viaje no ausente de peligros. El itinerario seguido para ir a las dos Bases Españolas, situadas en las Islas Shetland del Sur (cerca de la península Antártica) se inicia bien en Punta Arenas, en Chile, como en Ushuaia en Argentina, dependiendo del año. Debido a la corriente circumpolar, en el Paso de Drake hay corrientes fortísimas del oeste, con olas de más 10 metros. El Hespérides nos recoge en la ciudad chilena de Punta Arenas. Será un viaje por mar de tres días, de los cuales las primeras horas son las más apacibles, recorriendo el Estrecho de Magallanes y el Canal de Beagle. Las vistas desde la cubierta son impresionantes. Sin embargo, una vez superado el Cabo de Hornos, la situación cambia completamente.


Paso de Drake
Por supuesto, ya nadie sale a cubierta. Hasta que, pasados dos días,  el estruendo y el terrible balanceo se transforman en una calma extraña. El paisaje ha cambiado completamente. Ahora todo es gris. El barco se desplaza sin prisa, el capitán siempre atento al radar. Y aparecen los primeros icebergs.


Primeros icebergs, Paso de Drake
La visión de tierra firme me hace rememorar antiguas travesías. No fue hasta 1911 cuando dos expediciones paralelas, una noruega y otra inglesa, consiguieron llegar al polo sur geográfico. El 14 de diciembre de 1911 Roald Amundsen, 4 compañeros y 18 perros (de los 52 que comenzaron la travesía ) llegaron al polo después de 57 días caminando sobre el hielo. Dejaron allí una tienda con la bandera noruega y una carta para la otra expedición y retornaron a salvo a su base desde donde zarparon hacia Australia para informar al mundo de su triunfo. Un mes después, el grupo inglés liderado por Scott llegó al polo sur encontrándose con que no habían sido los primeros en alcanzar su objetivo. Muy decepcionados y débiles por el frío y el esfuerzo, iniciaron el viaje de vuelta. Fueron sorprendidos por 8 días de mal tiempo que les impidió avanzar y finalmente murieron de frío, tan  solo a 18 km de un punto de aprovisionamiento.


Llegando a las Shetland del Sur
El polo sur no había vuelto a ser visitado desde las expediciones de Amundsen y Scott  en 1911. En 1957 los Estados Unidos finalizan la Base Amundsen-Scott para realizar estudios científicos. Es una base permanente, donde el personal que pasa la invernada no puede salir de allí durante los 6 meses de invierno. Las dos bases españolas, situadas en la Isla Livingston y en la Isla Decepción, sólo se abren durante el verano antártico. Serán más de dos meses de contacto puro con la naturaleza gélida, en un aislamiento casi total. Somos 14 personas: la mitad científicos y, la otra mitad, técnicos de mantenimiento.
El Hespérides desde la playa de la Base.
La antigua Base Antártica Española
Con unos 14 millones de kilómetros cuadrados, de los cuales el 99% están cubiertos de hielo, la Antártida es, en promedio, el continente más alto, el más frío, el más ventoso y, por supuesto, el menos habitado de toda la Tierra. El interior de la Antártida presenta el clima más áspero del mundo. La temperatura más baja del planeta se registró allí en agosto de 2010 (-93.2°C). Por otra parte, en la base francesa de Dumont d'Urville se registró en julio de 1972 una velocidad del viento de 320 km/h. Además, con una precipitación media anual en el continente de unos 50 mm por año, la Antártida es un desierto, por definición, a pesar de contener más del 70% de las reservas de agua dulce del planeta. Pero, a diferencia de otros desiertos, la evaporación es tan baja que la poca nieve que cae se va acumulando durante cientos y miles de años creando capas enormemente gruesas de hielo.Nuestra Base está ben acondicionada. Las habitaciones, con literas, son cómodas y dispone de calefacción. Vamos, además, muy bien equipados con ropa interior térmica, forro polar, cortavientos, guantes, gorro, buenos calcetines y botas de montaña.


Isla Livingston

Monte Friesland
La vida en la Base discurre plácidamente. Funciona como un barco, con sus horarios fijos de desayuno, comida y cena, la jornada de trabajo y los turnos de limpieza. Junto a nosotros, conviven líquenes centenarios y multitud de especies de animales marinos.

Junto a elefantes marinos.
Pingüino barbijo en la playa de la Base.
Mi trabajo consiste en construir tres casetas que albergarán los instrumentos que medirán el campo magnético terrestre. Es un trabajo duro que hay que realizar a contrarreloj, muchas veces bajo las inclemencias del tiempo.

Caseta para la instrumentación geomagnética
Pero los fines de semana hacemos excursiones: a visitar la pingüinera o el glaciar. Son salidas en las que hay que extremar la vigilancia, ya que la ayuda más cercana en caso de accidente puede encontrarse a tres días de distancia, dependiendo de por dónde ande el Hespérides, que lleva un médico a bordo.
De visita en la vecina Base búlgara
De excursión por el glaciar
Con Javier Cacho, el Jefe de la Base, en el glaciar.

Y si no lo estábamos ya antes, con el paso de las semanas nos volvimos un poco locos.
En el agua sólo sobreviviríamos 3 minutos
Fría, fría,...
Los días de 24 horas tocan a su fin. Un día, de repente, se empieza a hacer de noche y vemos la Luna brillar en el cielo. El verano antártico se acaba y es hora de volver a casa.

Cae la noche en la Base.